Cambia… Todo Cambia…

Enero 3, 2009

Leyendas del fin del mundo


Susurrado por @ 7:26 pm. Guardado en De mundos y fantasia...

Esto sucedió en la época en que las carabelas y los jinetes españoles llegaron a las costas del Paraná-Guazú, las cuales no habían sido holladas más que por los desnudos pies del aborigen. Imaginaos el asombro de los charrúas cuando contemplaron las grandes naves y vieron que de ellas venían figuras ecuestres que parecían seres sobrenaturales, mitad hombres, mitad animal, y que en lugar de su piel, sus torsos mostraban brillante metal, y en lugar de cabellera lucían cascos como hechos de sol. De inmediato el Cacique de la tribu acude a consultar al adivino y se entabla entre ellos el siguiente diálogo:

-Acudo a tu presencia -dijo el Cacique- para que me expliques el significado de los hechos inauditos que están ocurriendo.

-Dime cuáles son y con la ayuda de Tupá, yo los descifraré.

Allí en esa línea que une el Paraná-Guazú con el reino de Tupá, allí en esa línea que jamás pájaro alguno ni canoa se atrevió a cortar, profanando su inmovilidad, yo vi de águilas gigantes, grandes olas.

-¿No sería, oh gran jefe, una engañosa figura de nube, una simple anunciadora de tormenta, un mensajero de Añang, el enemigo que siempre se complace en manchar la faz de Tupá?

Eso pensé yo al principio. Por eso demoré en traerte el anuncio.

-He visto seres horrorosos, como los que envía a los sueños de niños y mujeres el maléfico Añang. Eran mitad guerreros y mitad venados gigantes; tenían pecho de luna y cabeza de sol, y a veces resoplaban por la boca como el viento en el juncal.

-¿Dónde se encuentran?

-Allí en el monte, junto al río.

-¿Y cómo están ociosas vuestras flechas y vuestras boleadoras?

-Es que antes de combatir quisiéramos oír tus presagios; queremos saber si son hombres como nosotros o monstruos del mal.

-Bien. Id a convocar a los guerreros. que mientras tanto yo consultaré a Tupá.

Al quedar solo el Adivino imploró al dios del bien, Tupá, para que le revelase la influencia que sobre el destino de su raza tendría la invasión de los seres extraños. Cuando volvió el Cacique, el Adivino le reveló que los que habían llegado eran los rostros pálidos, guerreros que exterminarían la raza charrúa.

Ante el Cacique y los demás guerreros convocados para escuchar las extrañas revelaciones, éstos afirmaron que si eran hombres como ellos, los destruidos serían los intrusos.

-Nada podrá vuestro valor y vuestras armas contra las que ellos esgrimen, -dijo el Adivino.

-¿Entonces seremos destruidos??

-Sí, a menos que queramos someternos.

-Eso nunca, afirmó el Cacique, como si presintiera la determinación heroica de su raza.

-Durante lunas y más lunas, -continúo el Adivino– la tierra del charrúa se regará con la sangre nuestra y la de los rostros pálidos. Lentamente les iremos cediendo la costa del Paraná-Guazú, retirándonos hacia la región de los vientos calientes.

Fue entonces que el más jóven de todos los guerreros, Zuanandí, interrogó al Adivino:

-¿Quién les dirá a los hombres que vendrán, cuando nosotros ya no estemos, que era nuestra esta tierra y preferimos la muerte antes de cederla a los extraños? ¿Quién nos salvará del olvido y hará que nuestro recuerdo perdure con los ríos, con los arenales, con las palmas y los ombúes?

También para esto tuvo respuesta el Adivino.

-El recuerdo de la raza -añadió- perdurará en el rojo de la sangre del primer guerrero que muera herido por el invasor. Esa sangre no se secará porque se transformará en una flor que cada primavera resurgirá. Esta flor tendrá dedos, como una mano pronta para la caricia y la protección. Tendrá la forma de una mariposa, pero será más bella que las que revolotean en las mañanas en que la cuchilla está florida. Y será roja como los labios destinados a revelar los actos grandes del pasado, y tendrá la pureza de las bocas que nunca fueron mancilladas por la mentira.

Y cuando el Cacique le preguntó quién sustentaría esa flor, el Adivino respondióle que sería un árbol que nacería del cuerpo herido y sería un testimonio del valor que tuvo el charrúa para defender su tierra. Su tronco tendría el color de la piel del charrúa musculoso que blande la maza; lleno de espinas como el que se coloca frente a aquél que quiere esclavizarlo. Sus hojas tendrían en una faz el color de la esperanza que va a alentar la lucha, y en la otra el color de las cenizas que dejarían los huesos de los guerreros que perecerían gloriosamente.

-¿Y cómo se llamará ese árbol? -preguntó Zuanandí.

-Para los charrúas llevará siempre tu nombre, Zuanandí. Aunque también se le llamará Ceibo por los futuros poseedores de esta tierra.

-De modo que aquel que muera primero en el combate se transformará en ese árbol prodigioso? -exclamó Zuanandí-. ¡Prefiero perdurar en él a vivir un instante como esclavo!, -y diciendo esto blandió su maza y seguido por los demás guerreros se lanzó al combate.

Cuando el adivino volvió a quedar solo, se le acercó una dulce y bella doncella de la tribu llamada Churrinche, y le hizo notar al venerable anciano que una flor era insuficiente para lograr el propósito de hacer perdurar, por los siglos de los siglos, el heroísmo con que el charrúa defendería la independencia de la tierra natal.

-Yo pienso -le dijo- que aunque el árbol, por estar fijo hablará de las glorias de la raza, hablará tan solo junto a los ríos y sin más voz que aquella que le de el pampero cuando haga mover sus ramas.

-Será así -sentenció el Adivino-. ¿Pero qué deseas tú?

-Quisiera que el recuerdo y el amor a la libertad de nuestra raza, no viviera sólo en las márgenes de los ríos, sino que dotado de alas, anduviese continuamente evocando el alma del charrúa bajo el cielo de nuestra tierra.

Meditó el anciano unos instantes, y luego como inspirado por el dios de la luz, Tupá, dijo levantando la frente:

-Bien. La jóven que consuele y aliente al primer guerrero herido enjugando su sangre, será como una flor del árbol que ha creado alas.

-Esa quisiera ser yo, -afirmó con entusiasmo Churrinche.

-Lo serás y llevará tu nombre: Churrinche.

Partió ya casi con la ligereza de un ave, Churrinche, al sitio de la batalla.

Los charrúas, que se habían emboscado, comenzaron a hacer bajas al invasor sin recibir ellos ninguna, y hasta lograron matar de un certero flechazo en la axila al jefe de la expedición española en el instante en que plantaba el estandarte de Castilla para tomar posesión en nombre de su rey. Pero los españoles reaccionaron y comenzaron a devolver los golpes. El primer herido fue Zuanandí, quien sostenido por el Cacique y consolado por Churrinche, volvió a la presencia del Adivino.

-Envidiadme, -dijo el heroico guerrero-. Soy el primero que derrama su sangre en defensa de la libertad, y yo seré ese árbol prodigioso que han de llamar Ceibo. Nada me importa que mi carne duela.

-Aquí tienes mis manos para restañar tus heridas -dijo ofreciéndoselas Churrinche.

-Ellas han calmado mi dolor.

-De acuerdo con mi promesa, sentenció el Adivino, transformándote tú, Zuanandí, en ceibo, y tú, Churrinche, en un ave roja como su flor y la sangre que has restañado.

Al conjuro de estas palabras el bosque nativo fue testigo del prodigio. Poco a poco, Zuanandí, que sostenido por Churrinche se mantenía aún en pie, fue trocándose en el árbol simbólico, y luego la grácil figura de su compañera, en el pájaro de su nombre, aquel que prefiere la muerte a la esclavitud.

Diciembre 12, 2008

Rosas de Navidad


Susurrado por @ 1:48 pm. Guardado en De mundos y fantasia...

La leyenda nos dice que antes solía ocurrir un milagro, siempre en Nochebuena, en el profundo bosque de Suecia. A la hora exacta de la media noche, la nieve y el hielo desaparecían, la tierra se convertía en una verde alfombra, las flores se desenvolvían, las bayas se hacían pesadas en los arbustos, una brisa balsámica atravesaba las cúpulas de los árboles llenos de hojas, y los animales, aves e insectos, salían como lo hacen en pleno verano.

El milagro duraba hasta el amanecer. Entonces el bosque se volvía a congelar y se quedaba en silencio otra vez.

La madre de una familia de ladrones le contó la historia del milagro a un viejo abad, y le prometió llevarlo al bosque a ver el milagro si él convencía al obispo de que perdonara a su esposo. El obispo dijo que otorgaría el perdón si el abad le traía una flor como evidencia del milagro.

En la Nochebuena, la familia de forajidos llevó al abad y a un hermano laico a la profundidad del bosque, donde permanecieron juntos durante la oscura y fría noche.

Al dar las 12, el milagro sucedió justo como había sido descrito, y el abad aplaudió en éxtasis ante el trabajo de Dios. Pero el hermano laico pensó que la transformación debía ser el trabajo de Satanás y lo llamó endemoniado.

Al pronunciar esas palabras, la luz y la belleza desaparecieron, y la helada oscuridad regresó. El milagro había desaparecido. Con el corazón destrozado, el abad cayó a tierra y murió, pero, entre sus dedos apretados, había un par de pequeñitos bulbos blancos. El hermano laico los llevó al jardín del abad y los plantó.

La primavera llegó, luego el verano y el otoño, pero no retoñaron.

Finalmente, en invierno cuando todo lo demás estaba vacío, éstos se llenaron de flores, y los delicados retoños blancos en forma de estrella fueron llevados ante el obispo, quien cumplió su promesa y perdonó a los forajidos.

Nunca más -termina la leyenda-, volverá a llenarse de vida milagrosamente el bosque, pero las flores blancas todavía retoñan en Navidad y son conocidas como rosas de Navidad.

Diciembre 25, 2007

En el nombre del arbol


Susurrado por @ 6:30 pm. Guardado en De mundos y fantasia...

DE LO QUE DESCUBRIERON UNOS BUSCADORES DE SETAS CUANDO IBAN POR EL BOSQUE

Si es otoño, cuando vayas a entrar en un bosque, detente unos instantes y escucha. Bajo la última capa del silencio sentirás latir un incesante oleaje, poderoso y tenso, y, ¡ay!, no podrás sustraerte a su magia hasta que te alejes de los árboles. No ocurrió así en uno de los días finales de noviembre. Allí estaba el silencio, pero debajo de él parecía no haber nada, como si la vida se hubiera ido desmoronando.

Éramos buscadores de setas. Con el amanecer, cuando ya empezaba en el patio de vecinos el piar triste de los pájaros enjaulados, habíamos salido de la ciudad, ilusionados, como tantos fines de semana, contentos de que atrás quedasen los ruidos, que pronto serían como un magma sofocante y espeso donde se irían mezclando el trepidar de la chatarra de los frigoríficos y los fingidos vientos encadenados en las secadoras de pelo, en las aspiradoras, en las máquinas de afeitar, en las batidoras, en las extractoras de jugos, en las extractoras de humos y las ridículas cascadas que se oyen en los retretes cuando no terminan nunca de llenarse las cisternas. Buscábamos salir unas cuantas horas de esa atmósfera anclada en las ciudades, a la cual apenas puede llegar algún viento que sea capaz de barrer tanto y tanto aire de sala de enfermos sin ventilar.

Y buscábamos el bosque, donde el viento es libre. Tal vez porque nos gusta hundir las manos en las hojas caídas, amábamos las setas. Y es una delicia aspirar sus olores de almendra, de harina agria, de viruta de lápiz, de anís, de cera virgen, de peras conservadas sobre paja de centeno, de miel de brezo, de sábanas lavadas con lejía, de rábano negro, de patata cruda, y tierra vieja y tantos más olores que las setas pueden seleccionar y ofrecernos entre los innumerables que guarda en sí nuestra madre tierra.

Ya llevábamos un buen rato caminando por el bosque y las cestas seguían totalmente vacías. Sin embargo las épocas más propicias para los buscadores de setas se corresponden con el otoño ya bien entrado y con los primeros días de sol y de temperatura suave que sigan a días de lluvia abundante. Precisamente como ese día nuestro. Pero a cada paso que avanzábamos se iba confirmando una certidumbre extraña: el bosque en este otoño era distinto. Como si un viento de soledad y de muerte hubiera llegado hasta él para sacudir las frondas e inferir heridas definitivas a los troncos. Algunos árboles estaban cubiertos de manchas como de lepra y de ellas estaba cayendo un serrín sucio que se convertía muy pronto en polvo viejo e inerte. La corteza de otros se abría en mil fuentes de pus que exhalaban un tufo pestilente como de patatas podridas por el calor y la humedad.

El que caminaba delante descubrió entre helechos una seta. Era la primera del día y corrió hasta ella. Nos gritó: una amanita rubescens. Pero pronto el estupor le dejó inmóvil. Acudimos todos. Efectivamente, el suceso no era para menos. Después de tanto buscar y buscar aparecía la primera; y era muy hermosa, pero artificial: una imitación hecha con material plástico. Allí estaba, cerca de un abedul, con su sombrero rosa pardo, hemisférico, cubierto de escamitas grises tirando a rojizas, láminas blancas y limpias; pie cilíndrico, adornado con un hermoso anillo blanco y estriado; en su base, un bulbo en forma de nabo tenía dos marcas rojas que imitaban las mordeduras de algún insecto.

Qué cosa tan extraña, nos dijimos. Pero nadie quiso conjeturar nada. Por otra parte, con lo avanzado de la estación, quedaban en las copas de los caducifolios muy pocas hojas, que no impedían la irradiación luminosa de una atmósfera limpia. Hasta la hojarasca caída llegaban los rayos de un sol hermoso y lleno de realidad, rayos suficientes para espantar todos los fantasmas de un bosque nocturno. ¿Por qué pensar en un duende juguetón con ganas de burlarse de nosotros?

Seguimos adentrándonos en el bosque, más vigilantes que nunca y dispuestos a descubrir otras setas artificiales. No fue necesario caminar mucho para encontrar lo que nadie buscaba y, por ello, llamó más la atención. Era una burda imitación de una tela de araña realizada con hilo muy fino de pescar. Estaba tendida entre la primera rama de un acebo y una mata de arándanos. Aún retenía el rocío de la noche, y un rayo de sol, al atravesarla, se fragmentaba en graciosas irisaciones. Una abeja ermitaña, atrapada por las alas, luchaba inútilmente por su libertad. Buscamos minuciosamente, pero no descubrimos araña alguna.

Tienen que haberlo hecho los niños, dijo uno. Los demás no estuvimos de acuerdo. Había mucho camino hasta la aldea más próxima; y, por otra parte, los que nos hubieran precedido en el bosque eran expertos en no dejar huellas a su paso.

A partir de ese momento todo sucedió muy rápidamente, como si alguien nos fuera empujando por los blandos senderos desconocidos de los sueños. Vimos, colgada de un laurel viejo, una jaula verde de ICONA con un pájaro disecado en la entrada; en el pico sostenía unas hierbas y en el lugar de los ojos había dos bonitas y brillantes cuentas de vidrio, una verde y roja la otra. Vimos una ardilla de peluche en un salto imposible desde un fresno hasta un castaño. Descubrimos en un montículo una docena de pinos artificiales; golpeamos sus troncos, sonaban a hueco y eran repelentes al tacto. Quisimos morder unas manzanas silvestres, pero la boca se nos llenó de polvo áspero y rasposo, porque eran de yeso pintado.

A medida que avanzábamos iba en aumento aquella tramoya increíble. Las señales de vida eran cada vez más débiles, como mayor su fingimiento. Y llegó un momento en que ya no sentimos ruido alguno que pudiera llamarse natural. Los que se oían eran de pitos de reclamo de algún pájaro, sonar de latas, ondear de láminas de plástico agitadas por el viento de algún ventilador escondido. Pronto tuvimos la sensación de que alguien trataba de esconder el silencio del vacío, un silencio metafísicamente puro como el que seguramente llenará los ámbitos del reino de la nada.

Luego descubrimos la niebla. Empezaba de repente, como una espesa mole gris que parecía intraspasable. Penetramos en ella. Al principio a tientas, porque nada se veía. Caminamos un buen trecho hablando en altas voces para así no perdernos, y también un poco para alejar la sensación de sobrecogimiento que casi nos paralizaba, como si las ganas de seguir aquella extraña aventura fueran abandonándonos.

La niebla se disipó finalmente. Pero ¿dónde estábamos? El bosque era irreal y lo inundaba todo una extraña luz opalescente. Caminamos con precaución. Varios espejos de extraordinarias dimensiones creaban una masa arbórea espectral e infinita. Tal vez no había entre ellos más que unas docenas de árboles reales, pero no supimos distinguirlos entre sus imágenes reflejadas. Difícil nos fue guiarnos a través de aquél laberinto. Cuando acertamos a salir, se extendía ante nosotros una llanura limpia de toda vegetación. Algunos tocones, apolillados y resecos, quedaban como señal de que hasta allí había llegado el bosque.

En un altozano próximo estaba parado un carromato y parecía moverse gente en torno a él. Acudimos allí. Una troupe de pintores y poetas intentaban sacar el vehículo de un atolladero. Les ayudamos y nos acogieron con amabilidad. Nos invitaron a enrolarnos en su empresa común. Fue así como nos quedamos con ellos para ayudarles a componer el…LIBRO DEL BOSQUE

Septiembre 23, 2006

Hufflepuff Pride


Susurrado por @ 1:16 pm. Guardado en De mundos y fantasia...

"Cuando sea grande voy a trabajar de intérprete en la ONU y cuando un delegado le diga a otro que su país es un asco yo voy a traducir que su país es un encanto y, claro, nadie podrá pelearse ¡y se acabarán los líos y las guerras y el mundo estará a salvo"

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"Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya"

Gracias a quienes han hecho posible que este sea mi pequeño universo lleno de estrellas, en especial a Katreyuk,Revann y todos quienes formaron parte alguna vez de Blogomundo y el maravilloso Bosqueanimado